Secretos a voces by Alice Munro

Secretos a voces by Alice Munro

Author:Alice Munro
Language: es
Format: mobi
Published: 2012-01-21T11:44:32.739671+00:00


—La policía —dijo el abogado Stephens—. La policía. No queda más remedio.

Entonces habló el marido.

—No sabíamos si debíamos hacerlo. —Tenía las manos apoyadas sobre la mesa, apretadas, tirando del mantel.

—Sin acusar a nadie —dijo el abogado Stephens—. Simple información.

Ya hablaba de aquella forma tan concisa incluso antes de la enfermedad. Y Maureen había observado, hacía tiempo, que dos palabras suyas, pronunciadas no precisamente con cordialidad —por el contrario, en tono brusco, como de amonestación—, animaban a la gente, le quitaban un peso de encima.

Marian creía conocer la otra razón por la que las mujeres habían dejado de hacerle visitas al señor Siddicup. No les gustaba la ropa. Prendas de mujer, ropa interior: bragas y sujetadores raídos, bombachos deshilachados y medias desgarradas que colgaban del respaldo de las sillas o de una cuerda sobre el radiador o que estaban amontonadas sobre la mesa. Naturalmente, todas debían de ser de su mujer, y al principio parecía como si las estuviera lavando, secando y seleccionando, para después deshacerse de ellas. Pero continuaban en el mismo sitio una semana tras otra y las señoras empezaron a preguntarse: ¿las dejaba allí para dar a entender ciertas cosas? ¿Se las ponía él, sobre su piel? ¿Era un pervertido?

Todo saldría a la luz, lo esgrimirían en su contra.

Un pervertido. Quizá tuvieran razón. Quizá les llevara hasta donde había matado a Heather, estrangulándola o a golpes, en un acceso de furor sexual, o encontraran alguna prenda de la chica en su casa. Y la gente diría, horrorizada, bajando la voz, que no, que en realidad no les extrañaba. A mí no me extraña. ¿A ti?

El abogado Stephens hizo varias preguntas sobre el trabajo en Douglas Point, y Marian dijo: «Trabaja en mantenimiento. Todos los días, cuando sale, tienen que verle por rayos X, e incluso los trapos con que se limpia las botas los tienen que enterrar a bastante profundidad.»

Cuando Maureen cerró la puerta después de que se marcharan y vio sus siluetas bamboleándose tras el vidrio, no se quedó tranquila. Subió tres escalones, hasta el rellano, donde había una ventanita curvada. Los observó desde allí.

No se veía ningún coche, ni ningún camión, ningún vehículo. Debían de haberlo dejado en la calle mayor o en el aparcamiento que había detrás del Ayuntamiento. Seguramente, no querían que lo viese nadie frente a la casa del abogado Stephens.

El Ayuntamiento estaba en el mismo edificio que la comisaría. Se dirigieron hacia allí, pero después cruzaron la calle en diagonal y, todavía dentro del campo visual de Maureen, se sentaron en el poyete de piedra que rodeaba el viejo cementerio y el jardín llamado Pioneer Park.

¿Por qué les apetecía sentarse después de haber estado sentados en el comedor al menos una hora? No hablaron, ni se miraron, pero parecían unidos, como si estuvieran tomándose un descanso en medio de una dura tarea realizada en común.

Cuando le daba por recordar cosas, el abogado Stephens contaba que, hacía muchos años, la gente se sentaba en aquel poyete: campesinas que iban al pueblo a vender



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